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Caracol

Caracol


A Antonio Machado

En la playa he encontrado un caracol de oro 
macizo y recamado de las perlas más finas; 
Europa le ha tocado con sus manos divinas 
cuando cruzó las ondas sobre el celeste toro.

He llevado a mis labios el caracol sonoro 
y he suscitado el eco de las dianas marinas, 
le acerqué a mis oídos y las azules minas 
me han contado en voz baja su secreto tesoro.

Así la sal me llega de los vientos amargos 
que en sus hinchadas velas sintió la nave Argos 
cuando amaron los astros el sueño de Jasón;

y oigo un rumor de olas y un incógnito acento 
y un profundo oleaje y un misterioso viento... 
(El caracol la forma tiene de un corazón.)

Rubén Darío (1.867 - 1.916)
.

Diamante

Diamante


Puede una gota de lodo
Sobre un diamante caer;
Puede también de este modo
Su fulgor oscurecer;
Pero aunque el diamante todo
Se encuentre de fango lleno,
El valor que lo hace bueno
No perderá ni un instante,
Y ha de ser siempre diamante
Por más que lo manche el cieno.

Rubén Darío (1.867 - 1.916)
.

Mía

Mía


Mía: así te llamas.
¿Qué más armonía?
Mía: luz del día;
Mía: rosas, llamas.

¡Qué aroma derramas
En el alma mía
Si sé que me amas!
¡Oh Mía! ¡Oh Mía!

Tu sexo fundiste
Con mi sexo fuerte,
Fundiendo dos bronces.

Yo triste, tú triste…
¿No has de ser entonces
Mía hasta la muerte?

Rubén Darío (1.867 - 1.916)
.

Sonatina

Sonatina


La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa
Que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
Está mudo el teclado de su clave sonoro;
Y en un vaso olvidada se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
Y, vestido de rojo, piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
La princesa persigue por el cielo de Oriente
La libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China,
O en el que ha detenido su carroza argentina
Para ver de sus ojos la dulzura de luz
O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes,
O en el que es soberano de los claros diamantes,
O en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa
Quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
Tener alas ligeras, bajo el cielo volar,
Ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
Saludar a los lirios con los versos de mayo,
O perderse en el viento sobre el trueno mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
Ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
Ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte;
Los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
De Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
En la jaula de mármol del palacio real,
El palacio soberbio que vigilan los guardas,
Que custodian cien negros con sus cien alabardas,
Un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh quién fuera Hipsípila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste. La princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
Quién volara a la tierra donde un príncipe existe
(La princesa está pálida. La princesa está triste)
Más brillante que el alba, más hermoso que abril.

"¡Calla, calla, princesa -dice el hada madrina- ,
En caballo con alas, hacia acá se encamina,
En el cinto la espada y en la mano el azor,
El feliz caballero que te adora sin verte,
Y que llega de lejos, vencedor de la muerte,
A encenderte los labios con su beso de amor!"

Rubén Darío (1.867 - 1.916)
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Triste, muy tristemente

Triste, muy tristemente


Un día estaba yo triste, muy tristemente 
viendo cómo caía el agua de una fuente. 

Era la noche dulce y argentina. Lloraba 
la noche. Suspiraba la noche. Sollozaba 
la noche. Y el crepúsculo en su suave amatista, 
diluía la lágrima de un misterioso artista. 

Y ese artista era yo, misterioso y gimiente, 
que mezclaba mi alma al chorro de la fuente.

Rubén Darío (1.867 - 1.916)

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Primaveral


Primaveral


Mes de rosas. Van mis rimas
En ronda, a la vasta selva,
A recoger miel y aromas
En las flores entreabiertas.
Amada, ven. El gran bosque
Es nuestro templo; allí ondea
Y flota un santo perfume
De amor. El pájaro vuela
De un árbol a otro y saluda
Tu frente rosada y bella
Como a un alba; y las encinas
Robustas, altas, soberbias,
Cuando tú pasas agitan
De los himnos de esa lengua
Sus hojas verdes y trémulas,
Y enarcan sus ramas como
Para que pase una reina.
¡Oh, amada mía! Es el dulce
Tiempo de la primavera.
Mira en tus ojos los míos;
Da al viento la cabellera,
Y que bañe el sol ese aro
De luz salvaje y espléndida.
Dame que aprieten mis manos
Las tuyas de rosa y seda,
Y ría, y muestren tus labios
Su púrpura húmeda y fresca.
Yo voy a decirte rimas,
Tú vas a escuchar risueña;
Si acaso algún ruiseñor
Viniese a posarse cerca
Y a contar alguna historia
De ninfas, rosas y estrellas,
Tú no oirás notas ni trinos,
Sino, enamorada y regia,
Escucharás mis canciones
Fija en mis labios que tiemblan.
¡Oh, amada mía! Es el dulce
Tiempo de la primavera.
Allá hay una clara fuente
Que brota de una caverna,
Donde se bañan desnudas
Las blancas ninfas que juegan.
Ríen al son de la espuma,
Hienden la linfa serena;
Entre polvo cristalino
Esponjan sus cabelleras;
Y saben himnos de amores
En hermosa lengua griega,
Que en glorioso tiempo antiguo
Pan inventó en las florestas.
Amada, pondré en mis rimas
La palabra más soberbia
De la frase de los versos
De los himnos de la lengua;
Y te diré esa palabra
Empapada en miel hiblea...
¡Oh, amada mía! Es el dulce
Tiempo de la primavera.
Van en sus grupos vibrantes
Revolando las abejas
Como un áureo torbellino
Que la blanca luz alegra;
Y sobre el agua sonora
Pasan radiantes, ligeras,
Con sus alas cristalinas
Las irisadas libélulas.
Oye: canta la cigarra
Porque ama al sol, que en la selva
Su polvo de oro tamiza,
Entre las hojas espesas.
Su aliento nos da en un soplo
Fecundo la madre tierra,
Con el alma de los cálices
Y el aroma de las yerbas.
¿Ves aquel nido? Hay un ave.
Son dos: el macho y la hembra.
Ella tiene el buche blanco,
Él tiene las plumas negras.
En la garganta el gorjeo,
Las alas blancas y trémulas;
Y los picos que se chocan
Como labios que se besan.
El nido es cántico. El ave
Incuba el trino, ¡oh poetas!,
De la lira universal
El ave pulsa una cuerda.
Bendito el calor sagrado
Que hizo reventar las yemas.
¡Oh, amada mía! Es el dulce
Tiempo de la primavera.
Mi dulce musa Delicia
Me trajo un ánfora griega
Cincelada en alabastro,
De vino de Naxos llena;
Y una hermosa copa de oro,
La base henchida de perlas,
Para que bebiese el vino
Que es propicio a los poetas.
En el ánfora está Diana,
Real, orgullosa, esbelta,
Con su desnudez divina
Y en actitud cinegética.
Y en la copa luminosa
Está Venus Citerea
Tendida cerca de Adonis
Que sus caricias desdeña.
No quiere el vino de Naxos
Ni el ánfora de asas bellas,
Ni la copa donde Cipria
Al gallardo Adonis ruega.
Quiero beber del amor
Sólo en tu boca bermeja.
¡Oh, amada mía! Es el dulce
Tiempo de la primavera.

Rubén Darío (1.867 - 1.916)
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Canción de otoño en primavera


Canción de otoño en primavera


A Gregorio Martínez Sierra.

Juventud, divino tesoro,
¡Ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
Y a veces lloro sin querer...

Plural ha sido la celeste
Historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
Mundo de duelo y aflicción.

Miraba como el alba pura;
Sonreía como una flor.
Era su cabellera oscura
Hecha de noche y de dolor.

Yo era tímido como un niño.
Ella, naturalmente, fue,
Para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé...

Juventud, divino tesoro,
¡Ya te vas para no volver...!
Cuando quiero llorar, no lloro...
Y a veces lloro sin querer...

Y más consoladora y más
Halagadora y expresiva,
La otra fue más sensitiva
Cual no pensé encontrar jamás.

Pues a su continua ternura
Una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura
Una bacante se envolvía...

En sus brazos tomó mi ensueño
Y lo arrulló como a un bebé...
Y le mató, triste y pequeño,
Falto de luz, falto de fe...

Juventud, divino tesoro,
¡Te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
Y a veces lloro sin querer...

Otra juzgó que era mi boca
El estuche de su pasión;
Y que me roería, loca,
Con sus dientes el corazón,

Poniendo en un amor de exceso
La mira de su voluntad,
Mientras eran abrazo y beso
Síntesis de la eternidad;

Y de nuestra carne ligera
Imaginar siempre un Edén,
Sin pensar que la primavera
Y la carne acaban también...

Juventud, divino tesoro,
¡Ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
Y a veces lloro sin querer...

¡Y las demás! En tantos climas,
En tantas tierras siempre son,
Si no pretextos de mis rimas
Fantasmas de mi corazón.

En vano busqué a la princesa
Que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!

Mas a pesar del tiempo terco,
Mi sed de amor no tiene fin;
Con el cabello gris, me acerco
A los rosales del jardín...

Juventud, divino tesoro,
¡Ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
Y a veces lloro sin querer...

¡Mas es mía el alba de oro!

Rubén Darío (1.867 - 1.916)
.

Los cisnes


Los cisnes


A Juan Ramón Jiménez 

¿Qué signo haces, oh Cisne, con tu encorvado cuello
al paso de los tristes y errantes soñadores?
¿Por qué tan silencioso de ser blanco y ser bello,
tiránico a las aguas e impasible a las flores?

Yo te saludo ahora como en versos latinos
te saludara antaño Publio Ovidio Nasón.
Los mismos ruiseñores cantan los mismos trinos,
y en diferentes lenguas es la misma canción.

A vosotros mi lengua no debe ser extraña.
A Garcilaso visteis, acaso, alguna vez...
Soy un hijo de América, soy un nieto de España...
Quevedo pudo hablaros en verso en Aranjuez....

Cisnes, los abanicos de vuestras alas frescas
den a las frentes pálidas sus caricias más puras
y alejen vuestras blancas figuras pintorescas
de nuestras mentes tristes las ideas obscuras.

Brumas septentrionales nos llenan de tristezas,
se mueren nuestras rosas, se agostan nuestras palmas,
casi no hay ilusiones para nuestras cabezas,
y somos los mendigos de nuestras pobres almas.

Nos predican la guerra con águilas feroces,
gerifaltes de antaño revienen a los puños,
mas no brillan las glorias de las antiguas hoces,
ni hay Rodrigos ni Jaimes, ni han Alfonsos ni Nuños.

Faltos del alimento que dan las grandes cosas,
¿qué haremos los poetas sino buscar tus lagos?
A falta de laureles son muy dulces las rosas,
y a falta de victorias busquemos los halagos.

La América Española como la España entera
fija está en el Oriente de su fatal destino;
yo interrogo a la Esfinge que el porvenir espera
con la interrogación de tu cuello divino.

¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿Callaremos ahora para llorar después?

He lanzado mi grito, Cisnes, entre vosotros,
que habéis sido los fieles en la desilusión,
mientras siento una fuga de americanos potros
y el estertor postrero de un caduco león...

...Y un Cisne negro dijo: "La noche anuncia el día".
Y uno blanco: "¡La aurora es inmortal, la aurora
es inmortal !" ¡Oh tierras de sol y de armonía,
aun guarda la Esperanza la caja de Pandora!

Rubén Darío (1.867 -1.916)
.

La princesa está triste

La princesa está triste



La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardias,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste, la princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
-la princesa está pálida, la princesa está triste-,
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

-«Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».

Rubén Darío (1.867 - 1.916)