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Cuéntame un cuento, madre

Cuéntame un cuento, madre


Madre: cuéntame un cuento de ésos que se relatan
De un curioso enanito o de una audaz sirena;
Tantos que de los genios maravillosos tratan.
Esas lindas historias que conoces. ¡Sé buena!

Dime de caballeros que a princesas rescatan
Del dominio de monstruos —dragón, buitre, ballena—;
Donde nadie se muere y los hombres no matan,
Historias en países que no saben de pena.

Cuéntame un cuento, madre, que me quiero dormir
Escuchando tu voz, asido de tu mano;
Como Hansel y Gretel, seré en sueños tu hermano,
Aunque en sombra andaremos tras de la misma senda
Y escribiremos juntos nuestra propia leyenda,
Y tal vez, como chicos, dejarás de sufrir.

Marilina Rébora (1.919 - 1.999)
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Algo de música

Algo de música


Del cuerpo; se ha dicho que el cuerpo
De tanto arder va haciéndose traslúcido
En su barniz, y eso de las células
Cerebrales es más bien farsa
De acuerdo con el éter del tres mil,
Puede
¿Por qué no? De poder puede
Siempre que no sobre la madre
En esto de la preñez y todo se convierta en botella,
En copa o en botella es lo mismo, y la resurrección
Sea un vidrio distinto, de nueve meses venenosos.

Con otro cielo, claro está, y otra distribución
De lo umbilical donde la fiesta sea de uranio
Con arcángeles de uranio y rosas de uranio,
Una fiesta larga con además desnudas bellísimas
De uranio, a la velocidad
De la mortandad del uranio.

Y algo de música, siempre algo de música,
¿Por qué no? Con trompetas.

Gonzalo Rojas Pizarro (1.917 - 2.011)
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Cumbre

Cumbre


Firme, bajo mi pie, cierta y segura,
De piedra y música te tengo;
No como entonces, cuando a cada instante
Te levantabas de mi sueño.

Ahora puedo tocar tus lomas tiernas,
El verde fresco de tus aguas.
Ahora estamos, de nuevo, frente a frente
Como dos viejos camaradas.

Nueva canción con nuevos instrumentos.
Cantas, me duermes y me acunas.
Haces eternidad de mi pasado.
Y luego el tiempo se desnuda.

¡Cantarte, abrir la cárcel donde espera
Tanta pasión acumulada!
Y ver perderse nuestra antigua imagen
Arrebatada por el agua.

Firme, bajo mi pie, cierta y segura,
De piedra y música te tengo.
Señor, Señor, Señor: todo lo mismo.
Pero, ¿qué has hecho de mi tiempo?

José Hierro del Real (1.922 - 2.002)
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Amor en sombra

Amor en sombra


Abro de amor a ti mi sangre rota,
Para invadirte sin saberte amada.
El íntimo sollozo es negra espada
Que en la dureza de su luz se embota.

Al borde de mi sombra tu alma brota,
Así mi linde está más amparada.
Y aunque la fuga es más precipitada
Tu ausencia es cada vez menos remota.

Tu luz es lo que más me apesadumbra
Y si enciendes mis ojos con tu vida
El corazón me dobla la penumbra.

Mi soledad tu nombre dilapida
A la sombra del aire que te encumbra
Y apaga el lujo de tu voz vencida.

Jorge Cuesta Porte-Petit (1.903 - 1.942)
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El fantasma y yo

El fantasma y yo


Mi alma es una princesa en su torre metida,
con cinco ventanitas para mirar la vida.
Es una triste diosa que el cuerpo aprisionó.
y tu alma, que desde antes de morirte volaba,
es un ala magnífica, libre de toda traba...
Tú no eres el fantasma: ¡el fantasma soy yo!
              
¡Qué entiendo de las cosas! Las cosas se me ofrecen,
no como son de suyo, sino como aparecen
a los cinco sentidos con que Dios limitó
mi sensorio grosero, mi percepción menguada.
Tú lo sabes hoy todo..., ¡yo, en cambio, no sé nada!
Tú no eres el fantasma: ¡el fantasma soy yo!

Amado Nervo (1.870 - 1.919)
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Caracol

Caracol


A Antonio Machado

En la playa he encontrado un caracol de oro 
macizo y recamado de las perlas más finas; 
Europa le ha tocado con sus manos divinas 
cuando cruzó las ondas sobre el celeste toro.

He llevado a mis labios el caracol sonoro 
y he suscitado el eco de las dianas marinas, 
le acerqué a mis oídos y las azules minas 
me han contado en voz baja su secreto tesoro.

Así la sal me llega de los vientos amargos 
que en sus hinchadas velas sintió la nave Argos 
cuando amaron los astros el sueño de Jasón;

y oigo un rumor de olas y un incógnito acento 
y un profundo oleaje y un misterioso viento... 
(El caracol la forma tiene de un corazón.)

Rubén Darío (1.867 - 1.916)
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Ayer

Ayer


Todos los poetas excelsos
se reían de mi escritura
a causa de la puntuación,
mientras yo me golpeaba el pecho
confesando puntos y comas,
exclamaciones y dos puntos
es decir, incestos y crímenes
que sepultaban mis palabras
en una Edad Media especial
de catedrales provincianas.

Todos los que nerudearon
comenzaron a valiejarse
y antes del gallo que cantó
se fueron con Perse y con Eliot
y murieron en su piscina.

Mientras tanto yo me enredaba
con mi calendario ancestral
más anticuado cada día
sin descubrir sino una flor
descubierta por todo el mundo,
sin inventar sino una estrella
seguramente ya apagada,
mientras yo embebido en su brillo,
borracho de sombra y de fósforo,
seguía el cielo estupefacto.

La próxima vez que regrese
con mi caballo por el tiempo
voy a disponerme a cazar
debidamente agazapado
todo lo que corra o que vuele:
a inspeccionarlo previamente
si está Inventado o no inventado,
descubierto o no descubierto:
no se escapará de mi red
ningún planeta venidero.

Pablo Neruda (1.904 - 1.973)
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Mariposa

Mariposa


Mariposa del aire, 
qué hermosa eres, 
mariposa del aire 
dorada y verde. 

Mariposa del aire, 
¡quédate ahí, ahí, ahí!... 

No te quieres parar, 
pararte no quieres. 

Mariposa del aire 
dorada y verde. 

Luz de candil, 
mariposa del aire, 

¡quédate ahí, ahí, ahí!... 
¡Quédate ahí! 

Mariposa, ¿estás ahí?

Federico García Lorca (1.898 - 1.936)
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No me fío de la rosa

No me fío de la rosa


No me fío de la rosa
de papel,
tantas veces que la hice
yo con mis manos.

Ni me fío de la otra
Rosa verdadera,
hija del sol y sazón,
la prometida del viento.

De ti que nunca te hice,
de ti que nunca te hicieron,
de ti me fío, redondo
seguro azar.

Pedro Salinas Serrano (1.891 - 1.951)
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La poesía es un arma cargada de futuro

La poesía es un arma cargada de futuro


Cuando ya nada se espera personalmente exaltante, 
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia, 
fieramente existiendo, ciegamente afirmado, 
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente 
los vertiginosos ojos claros de la muerte, 
se dicen las verdades: 
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

Se dicen los poemas 
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados, 
piden ser, piden ritmo, 
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto, 
con el rayo del prodigio, 
como mágica evidencia, lo real se nos convierte 
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria 
como el pan de cada día, 
como el aire que exigimos trece veces por minuto, 
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan 
decir que somos quien somos, 
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. 
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo 
cultural por los neutrales 
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. 
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas.  Siento en mí a cuantos sufren 
y canto respirando. 
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas 
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos, 
y calculo por eso con técnica qué puedo. 
Me siento un ingeniero del verso y un obrero 
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta 
a la vez que latido de lo unánime y ciego. 
Tal es, arma cargada de futuro expansivo 
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada. 
No es un bello producto. No es un fruto perfecto. 
Es algo como el aire que todos respiramos 
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo 
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado. 
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre. 
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

(De "Cantos iberos", 1955)

Gabriel Celaya (1.911 - 1.991)

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Los gatos

Los gatos


Los amantes fervientes y los sabios austeros
adoran por igual, en su estación madura,
al orgullo de casa, la fuerza y la dulzura
de los gatos, tal ellos sedentarios, frioleros.

Amigos de la ciencia y la sensualidad,
al horror de tinieblas y al silencio se guían;
los fúnebres corceles del Erebo serían,
si pudieran al látigo ceder su majestad.

Adoptan cuando sueñan las nobles actitudes
de alargadas esfinges, que en vastas latitudes
solitarias se duermen en un sueño inmutable;

mágicas chispas yerguen sus espaldas tranquilas,
y partículas de oro, como arena agradable,
estrellan vagamente sus místicas pupilas.

Charles Pierre Baudelaire (1.821 - 1.867)
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Noche nupcial

Noche nupcial


Este mundo con trenes que, al alejarse, dejan
como un escalofrío recorriendo el paisaje.
Este mundo con hadas y unicornios
que gobiernan mi piel y viven en tus manos.

El mundo que no existe.

Hoy duermes junto a mí y brillas en la noche,
estatua blanca en el jardín de un sueño.

Mañana no estarás o serás otra.
Mañana, cuando mates ángeles y sirenas.
Mañana, cuando quemes nuestros bosques.

Yo me esconderé en ti como un centauro herido:
El último centauro, el que recuerda
su mundo azul desde una gruta oscura.

Quién será esta mujer a quien hoy doy mi vida.

De "Un caso sencillo" 1989

Benjamín Prado (1.961 -)
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Mi corazón no puede con la carga

Mi corazón no puede con la carga


Mi corazón no puede con la carga
de su amorosa y lóbrega tormenta
y hasta mi lengua eleva la sangrienta
especie clamorosa que lo embarga.

Ya es corazón mi lengua lenta y larga,
mi corazón ya es lengua larga y lenta…
¿Quieres contar sus penas? Anda y cuenta
los dulces granos de la arena amarga.

Mi corazón no puede más de triste:
con el flotante espectro de un ahogado
vuela en la sangre y se hunde sin apoyo.

Y ayer, dentro del tuyo, me escribiste
que de nostalgia tienes inclinado
medio cuerpo hacia mí, medio hacia el hoyo.

Miguel Hernández (1.910 - 1.942)
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Hoy, en este ocio incierto

Hoy, en este ocio incierto


Hoy, en este ocio incierto
Sin placer ni razón,
Como un túmulo abierto
Cierro mi corazón.

En la inútil conciencia
De que todo es vano,
Lo cierro a la violencia
De este mundo inhumano.

Mas, ¿qué mal sufre un muerto?
¿Contra qué defenderlo?
Lo cierro absorto, es cierto,
Mas sin querer saberlo.

Fernando Pessoa (1.888 - 1.935)
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Desvelada

Desvelada


Como soy reina y fui mendiga, ahora 
vivo en puro temblor de que me dejes, 
y te pregunto, pálida, a cada hora: 
«¿Estás conmigo aún? ¡Ay, no te alejes!» 

Quisiera hacer las marchas sonriendo 
y confiando ahora que has venido; 
pero hasta en el dormir estoy temiendo 
y pregunto entre sueños: «¿No te has ido?».

Gabriela Mistral (1.889 - 1.957)
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La ausente

La ausente


Emigran los pájaros
pero se quedan
el árbol y el tiempo.

Tengo miedo.

Hay mucha trampa
y poca luz
en el recuerdo.

Tengo miedo.

Qué pena, amor,
que tu presencia
dependa tanto de tu cuerpo.

De "Líneas de Otoño"

Eduardo Mitre (1.943 -)
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Corriendo van por la vega

Corriendo van por la vega


Corriendo van por la vega
a las puertas de Granada
hasta cuarenta gomeles
y el capitán que los manda.
 Al entrar en la ciudad,
parando su yegua blanca,
le dijo éste a una mujer
que entre sus brazos lloraba: 

“Enjuga el llanto, cristiana
no me atormentes así,
que tengo yo, mi sultana,
un nuevo Edén para ti.

Tengo un palacio en Granada,
tengo jardines y flores,
tengo una fuente dorada
con más de cien surtidores,
y en la vega del Genil
tengo parda fortaleza,
que será reina entre mil
cuando encierre tu belleza.
Y sobre toda una orilla
extiendo mi señorío;
ni en Córdoba ni en Sevilla
hay un parque como el mío.
Allí la altiva palmera
y el encendido granado,
junto a la frondosa higuera,
cubren el valle y collado.
Allí el robusto nogal,
allí el nópalo amarillo,
allí el sombrío moral
crecen al pie del castillo.
Y olmos tengo en mi alameda
que hasta el cielo se levantan
y en redes de plata y seda
tengo pájaros que cantan.

Y tú mi sultana eres,
que desiertos mis salones
están, mi harén sin mujeres,
mis oídos sin canciones.
Yo te daré terciopelos
y perfumes orientales;
de Grecia te traeré velos
y de cachemira chales.
Y te daré blancas plumas
para que adornes tu frente,
más blanca que las espumas
de nuestros mares de Oriente.
Y perlas para el cabello,
y baños para el calor,
y collares para el cuello;
para los labios…¡amor!

“¿Qué me valen tus riquezas
-respondióle la cristiana-,
si me quitas a mi padre,
mis amigos y mis damas?
Vuélveme, vuélveme, moro
a mi padre y a mi patria,
que mis torres de León
valen más que tu Granada” 

 Escuchóla en paz el moro,
y manoseando su barba,
dijo como quien medita,
en la mejilla una lágrima:

“Si tus castillos mejores
que nuestros jardines son,
y son más bellas tus flores,
por ser tuyas, en León,
y tú diste tus amores
a alguno de tus guerreros,
hurí del Edén*, no llores;
vete con tus caballeros” 

Y dándole su caballo
y la mitad de su guardia,
el capitán de los moros
volvió en silencio la espalda.

José Zorrilla y Moral (1.817 - 1.893)
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Acabar con todo

Acabar con todo


Dame, llama invisible, espada fría, 
tu persistente cólera, 
para acabar con todo, 
oh mundo seco, 
oh mundo desangrado, 
para acabar con todo. 

Arde, sombrío, arde sin llamas, 
apagado y ardiente, 
ceniza y piedra viva, 
desierto sin orillas. 

Arde en el vasto cielo, laja y nube, 
bajo la ciega luz que se desploma 
entre estériles peñas. 

Arde en la soledad que nos deshace, 
tierra de piedra ardiente, 
de raíces heladas y sedientas. 

Arde, furor oculto, 
ceniza que enloquece, 
arde invisible, arde 
como el mar impotente engendra nubes, 
olas como el rencor y espumas pétreas. 
Entre mis huesos delirantes, arde; 
arde dentro del aire hueco, 
horno invisible y puro; 
arde como arde el tiempo, 
como camina el tiempo entre la muerte, 
con sus mismas pisadas y su aliento; 
arde como la soledad que te devora, 
arde en ti mismo, ardor sin llama, 
soledad sin imagen, sed sin labios. 
Para acabar con todo, 
oh mundo seco, 
para acabar con todo.

Octavio Paz (1.914 - 1.998)
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Amanecer

Amanecer


A Gastón Figueira.

La mañana irisada, como fino cristal
Se curvó sobre el ancho campo reverdeciente.
A la abismal succión del azul transparente,
Agriétase la carne de un ansia germinal.

Y a la blondez purísima de su desnudez tierna,
La mísera corteza se nos cuartea en congoja,
Y un sollozo nos sube desde la honda cisterna
En sombra donde el párpado su penitencia moja.

El dolor de las alas imposibles
Nos curva más bajo el cansancio irredimible
Que se adhiere a la carne dolorosa:
Y en la punta de una hoja, radiante y temblorosa,
La gota de rocío
Nos finge aquella lágrima inefable
En que, por fin, pudiera el alma miserable
Volcar la última gota amarga del hastío.

Josefina Plá (1.903 - 1.999)
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Cuarto solo

Cuarto solo


Si te atreves a sorprender
la verdad de esta vieja pared;
y sus fisuras, desgarraduras,
formando rostros, esfinges,
manos, clepsidras,
seguramente vendrá
una presencia para tu sed,
probablemente partirá
esta ausencia que te bebe.

Alejandra Pizarnik y Bromiker (1.936 - 1.972)
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